viernes, 29 de julio de 2016

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA UN VERANO EN LA CIUDAD

Tu situación es crítica, no nos vamos a engañar: treinta grados a la sombra, asfalto incandescente, calles desiertas, jornadas laborales de ocho horas; por si fuera poco, la mayoría de tus amigos han huido del asfalto –y no cesan en el empeño de recordarte vía facebook que ellos tienen vacaciones. Pero ante situaciones extremas existen soluciones extremas: los libros. A continuación te proponemos tres lecturas de emergencia para combatir el estío urbano –y hasta reconciliarte con él.


Ciudad Esmeralda


¿Dónde te gustaría irte de vacaciones? ¿Pekín, México, Nueva York, Bora Bora? Jennifer Egan desgrana una a una las experiencias de quienes se pierden en parajes diseñados para el disfrute, ya sea por trabajo o por placer, en busca siempre de algo que no consiguen alcanzar. Resulta inquietante –en nuestro caso, también consolador- que ninguno de sus personajes pueda huir de dondequiera que huya, por lejos que se marche.  Ante los paisajes que se tornan decorados, las historias de este libro nos hacen transitar por la imposibilidad de una experiencia verdadera. Cuando tiene al lector sentado en una hamaca en una playa de ensueño, Egan le enfrenta a una pregunta: ¿quién diseña nuestros deseos? Si viajar es sobre todo desubicarse, descomprender, leer los relatos de Ciudad Esmeralda es una de las mayores travesías que puedes emprender este verano.



Los lemmings y otros


Pero no maquillemos la realidad: tú te quedas en el barrio. El de toda la vida, quizás; el mismo en el que has sido niño, has crecido y tratas ahora de pasar como adulto. Éste es el leitmotiv de Los lemmings y otros, del poeta rioplatense Fabián Casas. En este magistral libro de cuentos, Casas le da el homenaje que se merece a su barrio de Boedo y a todas las pequeñas historias que suceden en las esquinas, en las casas, en las plazas y en los parques. Iniciaciones, primeras experiencias, encuentros, revelaciones: todo ocurre en el diminuto mundo de la vida cotidiana. Tampoco la Historia con mayúsculas se encuentra en otro lugar –ni la literatura, ni la filosofía. Los lemmings… nos enseña que tras el hastío de los domingos, las tardes en el banco con los amigos, la música girando en la habitación se esconde la discreta trascendencia de lo cotidiano.  




Summer evening

Si nada de esto te consuela, aún nos queda otra opción: la que propone el también poeta Javier Vicedo con su primera obra de teatro, Summer evening, ganadora del Calderón de la Barca 2014. No sólo le debe el título a la famosa pintura de Hopper, sino que toda la obra gira en torno a ella. ¿Qué debía estar pasando entre esos dos, a altas horas de la noche, en ese porche veraniego? ¿De qué hablaban bajo el bochorno estival? ¿Qué acababan de vivir, qué se encontraba a punto de suceder? Summer evening nos muestra cómo las historias se encuentran incluso, o sobre todo, donde no hay historia. Vicedo imagina múltiples pasados y futuros para el presente estático de dos personajes lejanos y cercanos como los de un cuadro. Cualquier cosa puede suceder una noche de verano. Queda el lector advertido.



martes, 12 de julio de 2016

La isla que prefieren los pájaros, de Vanesa Pérez-Sauquillo



Una voz se exilia en el desierto. Tras cinco años, regresa. En el transcurso, en el trayecto, se vacía hasta quedarse sólo con lo imprescindible: la soledad y su deseo.
Es el camino recorrido por Vanesa Pérez-Sauquillo entre Bajo la lluvia equivocada  y su último poemario, La isla que prefieren los pájaros (Calambur, 2014). De la ciudad al desierto y del desierto al bosque, la palabra ha abandonado el tiempo para asentarse en el puro presente, el acontecer de los paisajes que rozan los límites del silencio. Cercar el silencio de lo que no es todavía, hacerlo decible: una tradición mística que se actualiza con autores de la talla de Valente o Gamoneda y que encuentra en La isla que prefieren los pájaros una ínsula en la que atracar con sencillez  pero sobre todo con voluntad de salvar el placer del naufragio.


El libro nos lo advierte en su primera página: Nunca le tomes/ la palabra/ a la noche./ Es palabra de agua/ y tú conoces las mareas. Palabra de agua: no palabra-piedra ni palabra-sedimento que se agarre a los significados, sino palabra fluctuante acorde con las lunas de quienes la pronuncian. Aún ininteligible, habitante de lo posible, la palabra poética de Pérez-Sauquillo parece repasar los contornos de los seres para contarnos qué los antecede, qué los funda; cóncava, ahuecada, se encuentra a punto para recibir aquello que late en el reverso del lenguaje.

Ritos de paso, la primera de sus tres partes, conforma en su conjunto una única pregunta sobre el origen. Las cortezas y las semillas, los lugares germinales donde se coge aire para pronunciar. Se apuntan las fugas y las direcciones que podrían ser tomadas y acabamos recorriendo intensidades que nos conducen hacia dentro. La intimidad de una cáscara de nuez. La moral escondida en un trozo de carne cruda. Los universos que se concentran dentro de un pomo sin puerta. Tantos mundos posibles/ y cuántos de ellos/ nuestros: porque sólo desde la experiencia nos enfrentamos a la posibilidad. Las imágenes nos arropan mientras salimos de la ciudad de los signos, casi sin darnos cuenta, sin violencia, hacia la Naturaleza viva
Cada noche me dejan entre los brazos/un animal exhausto/ que tengo que calmar.


Hay algo en este yo poético que nos habla desde una soledad desconocida: la soledad despojada, calmada, de la naturaleza. Apacigua los signos, suaviza con su fluir la erosión de las ideas recias. Nos habla a los que emprendemos el rumbo ahora, desplazándonos fuera de lo cotidiano, en el umbral, en el límite, a lugares de frondosa oscuridad. Agua quieta en lagos, hojas que penden del tiempo, insectos y sueños de mamíferos. Se ofrece aquí una palabra generosa que renuncia a la mímesis (Tampoco existen los espejos) pero ofrece la potencia: Pero aun si todo dentro/ tiende a la desaparición,/tenderemos las ramas/ de un lenguaje imperfecto.
Devenires, fugas: Hacia dónde. Hemos asistido al proceso de una palabra que se vuelve habitable: las piedras, las ramas, las islas toman forma y se nos brindan como morada y destino. Liminales entre lo decible y lo indecible, abren, al mismo tiempo, la grieta de la duda. Qué nos queda después. La palabra desnuda y nosotros a solas con nuestro deseo. 
Por suerte la poesía siempre es, al mismo tiempo, duda y consuelo:


Se frustrará el vacío/ Ganaremos un poco de belleza.













Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) es poeta, autora de Literatura Infantil y Juvenil y traductora.
A lo largo de su trayectoria ha recibido varios galardones entre los que se cuenta el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional. Sus poemas han sido incluidos en numerosas antologías de poesía (en Hiperión, Castalia, el Instituto Cervantes, la universidad de Manchester, de Milán…) y también en libros de texto en España y en Brasil.

lunes, 15 de febrero de 2016

FRAGUA DE LA PALABRA, II: Sara Torres y los conjuros

FRAGUA DE LA PALABRA, II: Sara Torres y los conjuros 


Desde Fragua de la palabra seguimos preguntándonos sobre el proceso creativo en la poesía.
¿Dónde se engendra la primera palabra? ¿Cuáles son los requisitos de (des)condición para el espacio poético? ¿Sin qué, o con qué, no puede haber poesía? ¿A qué se parece pensar desde el poema?
Y sobre todo: ¿qué ocurre con estas preguntas cuando las enfrentamos al texto?
 
 La poesía de Sara Torres parece orbitar en torno a todas estas preguntas con los embates de quien trata de encontrar brechas, fugas, disidencias de la tiranía significante. Porque quizás la poesía es ese lugar inventado a cada tiempo, necesario, en perpetuo devenir.
La poeta nos convoca al texto y nos habla de su encuentro con la palabra :   






En el sueño ella no es la suave forma    ella no es la flor del cerezo en su balanceo hacia el pavimento ella no es nido de garzas sobre el agua  En el sueño   ella es monstruo marino en la lentitud del aceite ella es Basir; el sacerdote-chamán en ropas de mujer   ella es Bato; la diosa con cabeza de caballo ella es Kelea; atrapada por la espuma entre vientos contrarios Espíritu torpe en los lodos del sueño ella respira como bajo el agua   ella respira sin poder sin con la mano del fantasma del día en el cuello con el cuello con la mano del fantasma del día en la tráquea    hacia dentro   sin lenguaje   sin omisión del lenguaje  En el sueño ella no va por encima de   ella no va a través    cae dentro    sacerdote-chamán en ropas de mujer   cae  
[al dominio insidioso de las estructuras]


                                                                       De Conjuros y Cantos, próxima publicación en Kriller71 ediciones. 



He nadado a ciegas en y he sido parte de la corriente de significantes. He nadado torpemente, a bandazos, significando, siendo significada. En algún momento un eco -el sonido de una palabra o una imagen en tránsito- se convierte en objeto, se hace cuerpo para caber en el puño o en la cavidad de la boca. Parece que poseo la materialidad del hilo entre los dedos, y con esa certeza comienzo a tirar no conociendo longitud o si a otro lado un ovillo. Tal vez soy araña en su tela y noto la vibración de llegada bajo una de mis patas. Acudo con prisa al lugar del temblor y espero encontrar a mi presa. La adiviné por su temperatura, su olor y su peso. Si entro en esa ebriedad, otro modo de la atención, no sólo hablo los lenguajes conocidos. Los hablo y los trunco, los retuerzo al pronunciarlos; boca bastarda, desobediente y mestiza. Tejo fantasías afines a mi cuerpo, me ensancho y me dilato, mi deseo traga y hace nacer, se alimenta de sí mismo y de su estela, produce el objeto al que se engancha después. Contacto, relajación: el texto que produzco ocupa el lugar de la carencia, del referente perdido. El texto tapona el conducto e impide la disolución, me protege de la deriva. Pensar desde el espacio poético se parece a no pensar, a no usar sino ser la mente. No usar sino ser la palabra, devenir lenguaje en resistencia. Heredar y mutar lo heredado. Provocar lo nuevo en el error y sólo a partir del error derrocar el dominio insidioso de las estructuras.










Sara Torres (1991). BA Lengua Española y sus Literaturas en la Universidad de Oviedo y en Queen Mary University de Londres. MA en metodologías críticas en el King’s College de Londres, Con La otra genealogía (Torremozas, 2014) ganó el Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven. Su próximo libro de poesía, Conjuros y Cantos, tiene como fecha de publicación Mayo del 2016.

miércoles, 3 de febrero de 2016

LA CASA DEL DESIERTO

LA CASA DEL DESIERTO

Han abierto las puertas de su casa. Aunque su otra morada, la de su poesía, siempre ha permanecido abierta. Regresamos ahora a él, acudiendo a la llamada. Y es que si por algo se define la palabra de Valente es por lo que tiene de hogar sin condición, alojador de todo lo que está por venir. Adelante: pónganse cómodos. Ésta es también su casa.


Fueron varias las ciudades que marcaron al poeta en su devenir personal y literario, pero sin duda fue la última la que concentró la esencia de su vida y de su obra: Almería. Aquí, como le aconsejó Juan Goytisolo, construyó un templo que resultó ser la perpetuación de su Palabra; una casa que rebosaba –y aún rebosa– luz. Porque la luz no basta, pero puede que aquella fuese suficiente para él: el Cabo de Gata, las playas volcánicas, las rocas talladas por el sueño. La palabra, así, se mimetizó con la naturaleza hostil del sur.  Y el resultado es contundente: produce vértigo asomarse a sus dunas y sus riscos, porque su espacio es infinito como el desierto.

Ya fuera porque se alejó del ruido o porque el ruido lo rechazó, y aunque siempre acompañado de voces amigas -Zambrano, Lezama Lima, Jabès-, el poeta estuvo fundamentalmente solo. Incomprendido por sus colegas de la generación del 50, su viaje al vacío fue interpretado en su momento como una huida de la acuciante situación política que le tocó vivir.

Serán ceniza...

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

Dice Josep Maria Esquirol que quien va al desierto no es desertor, sino resistente.  Esa fue la labor de Valente: resistir y hacer resistir a la palabra en el silencio, ese silencio necesario que se enfrenta a la tiranía de los significados; ese silencio, el único capaz de defender la reaparición esencial del lenguaje, generar experiencias nuevas, inventar nuevos modos de vida en un espacio donde lo posible se manifieste desnudo, original y libre. Ante la saturación de discursos e imágenes que empobrecen la vivencia del mundo, Valente apostó por la mandorla, el vuelo sin pájaro y las ramas sin árbol; ante la adulteración del lenguaje de la que Kemplerer nos advertía, Valente defendió la palabra recién nacida a la que ningún camino le es ajeno.



El espacio poético no es un destino de huida sino de vida, y lo que nos propone Valente es, precisamente, atrevernos a vivir en el desierto. Ser zahorís que recorran el vacío –aun y el miedo, aun y el vértigo- en busca del agua primordial que se esconde donde nos han hecho creer que ya no queda nada. 


Antonio Cruz y Yaiza Berrocal


sábado, 26 de diciembre de 2015

FRAGUA DE LA PALABRA, I: Maria y la culpa.


FRAGUA DE LA PALABRA, I: Maria y la culpa.



La poesía o la génesis perpetua. Qué si pudiéramos entrar en la palabra y remontarnos a su origen. Qué si tuviéramos la oportunidad de asomarnos al momento en que la poesía se posa en el lenguaje. Cuántas veces hemos fantaseado con ser voyeurs de ese proceso íntimo, tan íntimo, que es la escritura.

Le proponemos a la poeta Maria Sevilla que nos hable del engendramiento de I la culpa.


Nacer es caer en la brecha; posicionarse, de repente, con un cuerpo palpable, tan concreto, en el centro de la brecha. Para algunos vivir es tratar de achicar distancias; a mí, la literatura me enseñó el conflicto, el punto de ebullición. La poesía es hacer posible la contradicción. Esto no significa hablar sobre o decir la contradicción, sino hablar o decir contradictoriamente —y quizás la poesía, que es el arte de la síntesis, es uno de los pocos discursos que permiten decir contradictoriamente. Es por ello que cuando escribo prefiero dejarme llevar sin rumbo fijo por palabras o imágenes que llamen mi atención sin saber exactamente qué quiero decir con el poema que estoy escribiendo hasta que no lo tengo listo o casi acabado. En el caso de «I la culpa» creo que me dejé arrastrar por la mórbida atracción que me produjo combinar las connotaciones sexuales de la palabra «llépol» con la idea misma de la culpa. Llépol, llépol, llépol: resonaba en mi cabeza y me ponía cachonda de un modo muy parecido a un cierto tipo de excitación que yo, como tantos otros, conocía muy bien: aquella que aparece junto a una necesidad inmensa de redención de la misma y que es inversamente proporcional a la posibilidad de redención de la misma.

Sin embargo, no fui consciente de lo que quería decir hasta que tuve el poema terminado (o incluso semanas y meses después de tenerlo terminado): de este modo —pensando el poema cuando ya he tocado hueso— consigo que sean radicalmente contradictorios.


I LA CULPA

Llépol del patir que et fa ser meu...
Volia dir-te que no ho sento. Tampoc
no es penedeixen les gavines
quan estripen el mutisme de la nit
xisclant la por. La bogeria. La que em torna
encara llépol del patir que et fa ser meu.
Llépol. De la culpa. De saber-me
tot el front esgarrinxat. De ser gavina
i d’esquinçar la salabror de matinada
omplint la bretxa amb la buidor
que fa surar les boies. De nit.
Quan tot és negre i jo sóc
llépol del patir que et fa ser meu.
Volia dir-te que no ho sento. Tampoc
no es penedeixen les gavines
ni les boies ni la mar quan són immenses
i em fan mal. Quan me les miro. Quan sé
que són immenses. I em fan mal.
Per això
                 he de dir-te que sóc
llépol, al final, de fer-te mal
i ser-te mal, com a única manera
que jo sé
de fer-me mal i redimir-me,
així,
                 tot l’immens amor que et tinc.



(traducción)

Y LA CULPA

Dulcero del sufrir que te hace mío…
Quería decir que no lo siento. Tampoco
se arrepienten las gaviotas
al desgarrar el mutismo de la noche
chillando el miedo. La locura. La que vuelve
aún dulcero del sufrir que te hace mío.
Dulcero. De la culpa. De saberme
la frente rasguñada. De ser gaviota
y de arpar el salobre en madrugada
llenando la brecha del vacío
que hace flotar las boyas. De noche.
Todo oscuro y yo
dulcero del sufrir que te hace mío.
Quería decir que no lo siento. Tampoco
se arrepienten las gaviotas
ni las boyas ni la mar cuando son inmensas
y me duelen. Cuando las miro. Cuando sé
que son inmensas. Y me duelen.
Por eso
            tengo que decir que soy
dulcero, al final, de dolerte
y serte mal, como única manera
que yo sé
de serme mal y redimirme,
así,

            el inmenso amor que es tuyo.




Maria Sevilla nace en Badalona el 22 de marzo de 1990. Crece en esta ciudad, satélite y periférica. Graduada en Filología Catalana por la UB (2012), actualmente hace tu tesis doctoral sobre La passió segons Renée Vivien, novela de Maria-Mercè Marçal. Su primer poemario, Dents de polpa (2015), ha sido merecedor del premio Bernat Vidal i Tomàs, de Santanyí (Mallorca), en su ya trigésima edición.