miércoles, 3 de febrero de 2016

LA CASA DEL DESIERTO

LA CASA DEL DESIERTO

Han abierto las puertas de su casa. Aunque su otra morada, la de su poesía, siempre ha permanecido abierta. Regresamos ahora a él, acudiendo a la llamada. Y es que si por algo se define la palabra de Valente es por lo que tiene de hogar sin condición, alojador de todo lo que está por venir. Adelante: pónganse cómodos. Ésta es también su casa.


Fueron varias las ciudades que marcaron al poeta en su devenir personal y literario, pero sin duda fue la última la que concentró la esencia de su vida y de su obra: Almería. Aquí, como le aconsejó Juan Goytisolo, construyó un templo que resultó ser la perpetuación de su Palabra; una casa que rebosaba –y aún rebosa– luz. Porque la luz no basta, pero puede que aquella fuese suficiente para él: el Cabo de Gata, las playas volcánicas, las rocas talladas por el sueño. La palabra, así, se mimetizó con la naturaleza hostil del sur.  Y el resultado es contundente: produce vértigo asomarse a sus dunas y sus riscos, porque su espacio es infinito como el desierto.

Ya fuera porque se alejó del ruido o porque el ruido lo rechazó, y aunque siempre acompañado de voces amigas -Zambrano, Lezama Lima, Jabès-, el poeta estuvo fundamentalmente solo. Incomprendido por sus colegas de la generación del 50, su viaje al vacío fue interpretado en su momento como una huida de la acuciante situación política que le tocó vivir.

Serán ceniza...

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

Dice Josep Maria Esquirol que quien va al desierto no es desertor, sino resistente.  Esa fue la labor de Valente: resistir y hacer resistir a la palabra en el silencio, ese silencio necesario que se enfrenta a la tiranía de los significados; ese silencio, el único capaz de defender la reaparición esencial del lenguaje, generar experiencias nuevas, inventar nuevos modos de vida en un espacio donde lo posible se manifieste desnudo, original y libre. Ante la saturación de discursos e imágenes que empobrecen la vivencia del mundo, Valente apostó por la mandorla, el vuelo sin pájaro y las ramas sin árbol; ante la adulteración del lenguaje de la que Kemplerer nos advertía, Valente defendió la palabra recién nacida a la que ningún camino le es ajeno.



El espacio poético no es un destino de huida sino de vida, y lo que nos propone Valente es, precisamente, atrevernos a vivir en el desierto. Ser zahorís que recorran el vacío –aun y el miedo, aun y el vértigo- en busca del agua primordial que se esconde donde nos han hecho creer que ya no queda nada. 


Antonio Cruz y Yaiza Berrocal


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