martes, 12 de julio de 2016

La isla que prefieren los pájaros, de Vanesa Pérez-Sauquillo



Una voz se exilia en el desierto. Tras cinco años, regresa. En el transcurso, en el trayecto, se vacía hasta quedarse sólo con lo imprescindible: la soledad y su deseo.
Es el camino recorrido por Vanesa Pérez-Sauquillo entre Bajo la lluvia equivocada  y su último poemario, La isla que prefieren los pájaros (Calambur, 2014). De la ciudad al desierto y del desierto al bosque, la palabra ha abandonado el tiempo para asentarse en el puro presente, el acontecer de los paisajes que rozan los límites del silencio. Cercar el silencio de lo que no es todavía, hacerlo decible: una tradición mística que se actualiza con autores de la talla de Valente o Gamoneda y que encuentra en La isla que prefieren los pájaros una ínsula en la que atracar con sencillez  pero sobre todo con voluntad de salvar el placer del naufragio.


El libro nos lo advierte en su primera página: Nunca le tomes/ la palabra/ a la noche./ Es palabra de agua/ y tú conoces las mareas. Palabra de agua: no palabra-piedra ni palabra-sedimento que se agarre a los significados, sino palabra fluctuante acorde con las lunas de quienes la pronuncian. Aún ininteligible, habitante de lo posible, la palabra poética de Pérez-Sauquillo parece repasar los contornos de los seres para contarnos qué los antecede, qué los funda; cóncava, ahuecada, se encuentra a punto para recibir aquello que late en el reverso del lenguaje.

Ritos de paso, la primera de sus tres partes, conforma en su conjunto una única pregunta sobre el origen. Las cortezas y las semillas, los lugares germinales donde se coge aire para pronunciar. Se apuntan las fugas y las direcciones que podrían ser tomadas y acabamos recorriendo intensidades que nos conducen hacia dentro. La intimidad de una cáscara de nuez. La moral escondida en un trozo de carne cruda. Los universos que se concentran dentro de un pomo sin puerta. Tantos mundos posibles/ y cuántos de ellos/ nuestros: porque sólo desde la experiencia nos enfrentamos a la posibilidad. Las imágenes nos arropan mientras salimos de la ciudad de los signos, casi sin darnos cuenta, sin violencia, hacia la Naturaleza viva
Cada noche me dejan entre los brazos/un animal exhausto/ que tengo que calmar.


Hay algo en este yo poético que nos habla desde una soledad desconocida: la soledad despojada, calmada, de la naturaleza. Apacigua los signos, suaviza con su fluir la erosión de las ideas recias. Nos habla a los que emprendemos el rumbo ahora, desplazándonos fuera de lo cotidiano, en el umbral, en el límite, a lugares de frondosa oscuridad. Agua quieta en lagos, hojas que penden del tiempo, insectos y sueños de mamíferos. Se ofrece aquí una palabra generosa que renuncia a la mímesis (Tampoco existen los espejos) pero ofrece la potencia: Pero aun si todo dentro/ tiende a la desaparición,/tenderemos las ramas/ de un lenguaje imperfecto.
Devenires, fugas: Hacia dónde. Hemos asistido al proceso de una palabra que se vuelve habitable: las piedras, las ramas, las islas toman forma y se nos brindan como morada y destino. Liminales entre lo decible y lo indecible, abren, al mismo tiempo, la grieta de la duda. Qué nos queda después. La palabra desnuda y nosotros a solas con nuestro deseo. 
Por suerte la poesía siempre es, al mismo tiempo, duda y consuelo:


Se frustrará el vacío/ Ganaremos un poco de belleza.













Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) es poeta, autora de Literatura Infantil y Juvenil y traductora.
A lo largo de su trayectoria ha recibido varios galardones entre los que se cuenta el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional. Sus poemas han sido incluidos en numerosas antologías de poesía (en Hiperión, Castalia, el Instituto Cervantes, la universidad de Manchester, de Milán…) y también en libros de texto en España y en Brasil.

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